Su respiración era profusa e inquietante,
casi se podía sentir cuando sus pulmones se abrían paso en una bocanada de aire
para aspirar un poco de vida y cuando en un exhalante golpeteo mandaba una
incesante señal de auxilio
indescifrable.
Era su mirada inquieta e insospechada la
que te quemaba a ratos, como intentando escapar de su cuerpo y hacerse a uno diferente,
menos cansado, menos sometido a esta prueba
diaria.
Trazaba líneas casi perfectas,
rematándolas con la luz del “recuérdame por siempre” y un sepulcral suspiro,
como para hacerse a la eternidad, con tanto a cuesta. Ya le pesaba tanto, pero
insistía, era su pasión, despotricaba. Imposible rendirse, era su pasión.
